¿Arco O Lira? ¡Mamá Mía! : Luis Villegas

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No, definitivamente no soy original; ¿cómo serlo si éste que soy ha abrevado durante décadas —próximas al medio siglo ya— en decenas de manantiales?

El título de estos párrafos se basa en un ensayo memorable de Octavio Paz, “El arco y la lira”,1 publicado en 1956, donde el premio Nobel reflexiona sobre el fenómeno poético y sus ingredientes.

No osaría yo intentar introducirme en el mundo de la poética; poesía he leído poca y no he escrito ningún poema que valga la pena tal calificativo; sin embargo, lo tomo de referencia porque hace unos días, en una plática con una persona que considero particularmente inteligente, hablábamos del arte, de qué es; y de a qué le podemos llamar de ese modo.

Tarea ardua, si entendemos que detrás de la manifestación artística, cualquiera sea ésta, se haya un significado; en efecto, el artista, con su obra, dice o intenta decir algo al mundo; de ahí que no resulte ocioso hablar de la “interpretación” en el arte; el arte es necesario entenderlo a partir de referentes múltiples: época, contexto histórico, biografía del autor; sin que falten quienes desdeñan ese conocimiento porque “arruina” la obra artística, humanizándola.

De esta forma, al menos para mí, el arte es una manifestación humana que me conmueve en menor o mayor medida; ya sea una pieza musical, una pintura, una escultura, una obra literaria, una representación teatral, una película o un recital de danza.

Resulta muy arbitraria y limitada esta definición, por supuesto; pero es muy liberadora también, porque me evita fingir un goce que no siento —o que no entiendo— frente a un espectáculo que me puede dejar más frío que un Gansito en el congelador.

El gusto, el placer, son factores esenciales del arte; escribe Paz en el citado ensayo, refiriéndose al poema, que sin dejar de ser palabra e historia, trasciende esta última: “la lectura de un solo poema nos revelará con mayor certeza que cualquier investigación histórica o filológica qué es la poesía. Pero la experiencia del poema —su recreación a través de la lectura o la recitación— también ostenta una desconcertante pluralidad y heterogeneidad. […] Muchos de los paisajes que admiramos en Quevedo dejaban fríos a los lectores del siglo XVII, en tanto que otras cosas que nos repelen o aburren constituían para ellos los encantos de la obra”.

Lo que no puede entenderse, tampoco, como una invitación al displacer de transitar por el mundo del arte sumido en la ignorancia, con actitud de diletante hastiado, si la indiferencia es fruto de la rudeza intelectual; al contrario, asentarse en esa verdad mínima constituye un reto para leer de manera constante, para informarse sobre aquellos elementos útiles o pertinentes para entender la obra artística, cualquiera que sea.

Los párrafos anteriores, para justificar una ida al cine este fin de semana a ver una película que, debo admitirlo con poquita pena, me encantó horrores: Mamma Mía! 2; sí, lo sé, muy lejos del llamado cine de arte pero, ¿qué quieren?, en gustos se rompen géneros y ABBA, siempre ha sido de mis grupos predilectos. Si no tiene nada mejor que hacer uno de estos días, vaya al cine, los martes son al 2 x 1; pero ya lo sabe: compre el refresco afuera.

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