Luis Villegas Montes: Una reflexión personal

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Antes de cualquier cosa quisiera pedirle al lector que considere lo siguiente: el texto que nutre estos párrafos se escribió por Enrique Krauze hace casi quince años;1 afirmar entonces que se escribió ex professo, pensando en algún personaje en particular, propio de nuestra época, resultaría erróneo.

Lo que él refleja es una realidad contundente, triste y lamentable: a saber, que en Latinoamérica el populismo campea por sus fueros desde hace dos décadas y que nadie, como dice el refrán, aprende en cabeza ajena. Conste, no me apropio del texto, transcribo y edito su dicho, porque creo que guarda una verdad profunda, terrible y necesaria de saber.

1.    El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una vez y para siempre, los problemas del pueblo. “La entrega al carisma del profeta, del caudillo […] —recuerda Max Weber—no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él”;

2.    El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y “también la agencia de noticias del pueblo”. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, “alumbra el camino”, y lo hace sin límites ni intermediarios;

3.    El populismo fabrica la verdad. Los populistas “exprimen” el proverbio: “Vox populi, Vox dei”; pero como Dios no se manifiesta a diario y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno “popular” lo interpreta, eleva esa versión al rango de verdad oficial y decreta la verdad única; por ello, los populistas abominan de la libertad de expresión y confunden la crítica con la enemistad militante; por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla;

4.    El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos: el Erario es su patrimonio privado que puede utilizar para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta el costo; tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión;

5.    El populista reparte directamente la riqueza; lo cual no es criticable en sí, el problema es que no la reparte gratis: focaliza su ayuda y la cobra en obediencia;

6.    El populista alienta el odio: “Las revoluciones en las democracias —explica Aristóteles— son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos”;

7.    El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales; apela a ellos, los organiza, enardece a las masas. La plaza pública es un teatro donde aparece “Su Majestad: El Pueblo” para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra “los malos”. “El Pueblo” no es, obvio, la suma de voluntades expresadas en un sufragio o representadas por un Parlamento; sino una masa selectiva y vociferante orquestada a placer;

8.    El populismo fustiga al “enemigo”; inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesita señalar chivos expiatorios para sus fracasos y desviar la atención hacia el adversario. Se trata de tristes regímenes definidos por lo que odian, no por lo que aman, aspiran o logran;

Continuará…

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Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com

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