Carta De Un Soldado Que No Quería Serlo.

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En el último libro de Arturo Pérez-Reverte, Línea de fuego,[1] hay la carta de un soldado que pelea en el bando nacionalista. La carta bien puede resumir el sentimiento de quienes vemos cómo se desmorona el país al mando de un anciano senil cuyo único propósito es conducir a México al socialismo para mantenerse en el poder hasta el día de su muerte. 

La carta expresa muy bien ese sentimiento de rabia sorda, de agravio soterrado, que alienta la defensa, incluso con las armas en la mano, de aquello que se ama, frente a una turba idiota que nada entiende, que nada aprecia, excepto su sentimiento íntimo de pérdida, de revancha y de envidia. 

Aunque el soldado sea un personaje ficticio, la misiva resume la visión de aquellos que nos resistimos a un régimen que nos conduce al caos y a la desesperanza y que ha fracasado en todos los países donde ha sido puesto en práctica. Dios quiera y estemos a tiempo de frenar la caída al profundo abismo de la sinrazón y el fanatismo. 

Dice así, la carta: 

Estimada María Cristina, amiga mía, querida madrina: 

Me preguntas en tu última carta los motivos por los que lucho. Por qué me presenté voluntario sin esperar a que me llamaran a filas. Soy de una familia modesta, poco burguesa. 

Mi padre, con gran esfuerzo, montó un pequeño comercio en Lugo y con su trabajo y sacrificio, ayudado por mi buena madre, pudo darnos vida y educación a cuatro hijos. Nada regalaron a mi familia las izquierdas ni las derechas y nunca intervino ninguno en política. Mi padre ni siquiera votó nunca, pues decía que tan oportunistas eran unos como otros. Yo, mayor de los hermanos, fui privilegiado con facilitarme los estudios: una carrera para una vez situado poder ayudar al resto. 

Sin embargo, esta República desordenada y caótica lo cambió todo. La mala fe de los políticos, el pistolerismo impune, la ausencia de autoridad y orden público, las turbas analfabetas enseñoreándose de nuestras vidas, la demagogia irresponsable, el caciquismo de las izquierdas, que resultó tan nefasto como el de las derechas (te lo dice alguien nacido en una región que sabe mucho de caciques), llevaron a España al abismo. La convirtieron en un gran Cristo crucificado por todos. 

No es cierto, como dicen los rojos, que cuatro militares y banqueros se alzaran contra el pueblo. Yo soy pueblo, mi familia es pueblo, y estábamos como muchos otros hartos de tanta impunidad, de tanta barbarie, de tanto si no estás conmigo estás contra mí. ¿Quién, al ver que se insulta a su madre o su novia, a su hermana, no saldría en su defensa? Pues la ofensa que le hacen a España sus enemigos, destruyéndola, es más que un insulto. Es un crimen. 

¡Viva España rusa!, gritaban esos irresponsables canallas. Nos obligaron a tomar partido incluso a los que no lo teníamos. Nos obligaron a elegir, aunque tampoco nos entusiasmaran los otros. Enfrentaron amigos y hasta hermanos, cuando la mayor parte sólo aspirábamos a orden, paz y trabajo. Pero eso es imposible cuando todo el mundo tiene la palabra revolución en la boca. Hasta mi pobre padre, por tener un modesto negocio propio, era considerado ‘explotador del pueblo’. En cuanto a mí, sencillo estudiante, hijo de una familia trabajadora, recuerdo un día que iba a clase, cuando al bajar del tranvía unos obreros me insultaron ¡por llevar corbata! ‘Te vamos a ahorcar con ella, cochino señorito burgués’, dijeron riéndose insolentes, con altanería de vencedores saboreando la revancha. Así que cuando los militares se alzaron para poner fin a este disparate, los españoles de bien no tuvimos más remedio que…”. 

Repito como mantra, y reescribo, el último párrafo: “cuando hubo quien se alzara, yo el primero, para poner fin a este disparate, los mexicanos de bien no tuvimos más remedio”, así sea. 

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[1] PÉREZ-REVERTE, Arturo. Línea de fuego, Alfaguara, México, 2020.