Hay muchas formas de acabar con la humanidad; de todas ellas, existen por lo menos tres estilos que valen la pena: el diabólico, el elegante y el irrebatible. A veces, los tres coinciden. Ésta es una de ellas.
No es necesario desatar plagas bíblicas ni invocar demonios con nombres antiguos de origen asirio. Basta con sentarse a observar —como quien ve cómo un animal se devora a sí mismo con lentitud estética— y tomar notas, o reírse o escribir este texto.
Porque la humanidad, sí, esa que se inventó dioses y nociones como la justicia o el arte, está haciendo exactamente lo que haría una especie en fase terminal, mientras se cree inmortal y aunque se sienta vacía:
Normaliza el absurdo: aplausos para el idiota, premios para el farsante, likes para el que grita más fuerte. La inteligencia es hoy arrogancia; la crítica, agresión; la verdad, violencia. Todo debe pasar por el filtro de lo “políticamente correcto” o, lo que es igual, lo moralmente irrelevante;
- Renuncia al pasado: destruye estatuas, reescribe la historia, cambia los nombres a las calles, pero no lee libros. El pasado se declara culpable y el presente, inocente por ignorancia; así, cada generación puede empezar de cero… y cometer los mismos errores con absoluta convicción.
- Eleva el deseo a rango constitucional: nada de deberes u obligaciones, todo son “derechos al goce”. Derecho a no aburrirse, a no frustrarse, a no pensar; el deseo se erige como necesidad inmediata e irrefutable y es patrocinado por multitud de apps; y si alguien sufre, es porque alguien más le impide ser feliz, no porque el sufrimiento sea inherente al ser o, peor, fruto de las propias decisiones.
- Odia la complejidad: el pensamiento es sustituido por eslóganes; la ética, por “perfiles verificados”; y la filosofía, por frases contenidas en una taza o en una camiseta. ¿Dialéctica? No, gracias. Mejor una encuesta de Instagram.
- Convierte la cultura en mercancía. El arte se monetiza, todo símbolo se adapta, todo gesto se mide en “engagement”. La belleza no importa; importa lo que vende, se viraliza o “conecta con la audiencia”.
- Desconfía de todo, menos de sí misma: nada es verdad. Todo es narrativa, percepción y, sin embargo, cada individuo se siente moralmente superior, aunque no pueda sostener una idea sin revisar su feed.
- Celebra su caída como progreso: declara la guerra al esfuerzo, la excelencia o la profundidad. Lo frívolo resulta liberador; lo burdo, auténtico; y lo autodestructivo, un acto de rebeldía contra “el sistema”, sin notar que ya no hay sistema: sólo ruinas con WiFi.
Una especie en fase terminal no necesita meteoritos; para eso tiene sus discursos, su ruido, su indiferencia ante todo lo que alguna vez la hizo humana; y, el colmo, claro, es que cree estar despertando, cuando en realidad… se está muriendo.
Continuará…
Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: https://unareflexionpersonal.wordpress.com/
Luis Villegas Montes.
luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com
