Hay temas que solo se pueden escribir con la autoridad que da haber estado en el aula. No desde el escritorio de una oficina burocrática, ni desde la comodidad de un discurso político, sino desde el frente, frente a los jóvenes, frente a los padres, frente a esa realidad que muchos prefieren no ver. Durante diecisiete años fui docente de licenciatura y maestría, y también tuve el privilegio —y la carga— de dirigir una institución de bachilleres. Hoy, con la distancia que da el tiempo y la experiencia, me atrevo a escribir lo que muchos callan por conveniencia o por miedo.
El sistema educativo mexicano, no está en crisis. Está en franca decadencia, y lo peor es que lo sabemos.
Becas sin exigencias: el premio a la mediocridad
Comencemos por lo más evidente: las becas universales. Se entregan sin condiciones, sin méritos, sin exigir nada a cambio. Un joven puede reprobar todas sus materias y aun así recibir un apoyo económico. ¿Qué mensaje le estamos enviando? Le decimos que el esfuerzo no importa, que el resultado es lo de menos, que el Estado —ese ente abstracto que supuestamente nos representa— está ahí para sostenerlo sin pedirle nada. La beca, que debería ser un incentivo para la excelencia, se ha convertido en un derecho automático que premia la apatía.
La palabra «aspiración» como enemigo del sistema
La educación, en su esencia más pura, significa aspiración. Aspirar a ser mejor, a saber más, a trascender. Pero hoy esa palabra es incómoda. Un joven que aspira es un joven que cuestiona, que exige, que no se conforma. Y este sistema parece haberle declarado la guerra a la aspiración. Se premia la obediencia, la sumisión, el conformismo. Se castiga, en cambio, al que quiere más. La aspiración se ha convertido en un enemigo silencioso que el sistema combate con becas condescendientes y discursos vacíos.
Padres ausentes, hijos a la deriva
Hay un factor que pocas veces se menciona y que es, quizá, el más determinante: la ausencia de supervisión en casa. Los padres ya no revisan cuadernos, no preguntan por las tareas, no se sientan a leer con sus hijos. La educación se ha delegado por completo a la escuela, como si esta fuera una guardería de tiempo completo. Pero la educación no empieza en el aula; empieza en el hogar. Y si en casa no hay interés, en la escuela difícilmente lo habrá. Los jóvenes crecen sin referentes, sin límites, sin esa figura que les diga: «esto está bien, esto está mal, esto te conviene, esto te destruye».
Amistad y lealtad: los nuevos méritos para dirigir la educación
Uno de los problemas más graves —y más dolorosos de reconocer— es que quienes están al frente de las instituciones educativas, en muchos casos, jamás han pisado un aula como docentes. No han sentido el peso de un grupo, no han lidiado con un padre molesto, no han tenido que improvisar una clase cuando el proyector falla. Pero eso sí: tienen amigos en el poder, lealtades políticas, cuotas partidistas. La educación se ha convertido en un botín político, y los estudiantes, en rehenes de esa disputa. No importa si saben o no de pedagogía; importa si son leales al jefe. Y así nos va.
Docentes sin vocación, con miedo
Los maestros hemos guardado la vocación en el cajón del escritorio. Educar hoy es casi casi caminar con una carpeta de investigación bajo el brazo. Un maestro que corrige, que exige, que pone límites, se expone a ser acusado por padres que ya no toleran que sus hijos lean, escriban o se esfuercen. He escuchado casos de docentes señalados porque los alumnos «escriben y leen mucho» y eso les genera estrés. ¿En qué momento leer y escribir se convirtió en un castigo? ¿En qué momento el maestro pasó de ser una autoridad respetada a un sospechoso permanente? La vocación se apaga cuando el sistema no respalda a quien enseña, cuando el miedo sustituye al entusiasmo.
Dinero gratis y un país que se hunde
Vamos en picada, y lo sabemos todos. Pero mientras haya un dinero gratis en la bolsa del pantalón, este sistema que nos gobierna seguirá hundiéndonos. La beca sin mérito, el apoyo sin condición, el discurso sin acción, son las herramientas perfectas para mantener a una generación entretenida, callada, dependiente. Un joven que recibe sin esfuerzo no aprende a luchar. Un joven que no lucha no aspira. Y un joven que no aspira es un joven fácil de gobernar.
No se trata de eliminar las becas, sino de condicionarlas al esfuerzo. No se trata de satanizar a los padres, sino de recordarles que su papel es irrenunciable. No se trata de desprestigiar a las autoridades, sino de exigirles que conozcan el terreno que pisan. Y no se trata, por supuesto, de culpar a los maestros, sino de devolverles el respeto, la autoridad y las condiciones para ejercer su vocación.
La educación no es un gasto. Es la inversión más importante que puede hacer un país. Pero una inversión sin reglas, sin exigencia, sin rumbo, es solo un desperdicio. Y México, querido México, no puede darse el lujo de seguir desperdiciando a sus jóvenes.
El país entero, necesita algo más que becas y discursos. Necesitan una verdadera revolución educativa. Y esa revolución no empieza en Palacio Nacional. Empieza en el aula, en la casa, en la conciencia de cada uno de nosotros.
Anónimo
